domingo, 11 de abril de 2010

MÓNICA NARANJO COLABORA EN 'EL QUE MOU LA MEVA VIDA'

Mónica Naranjo participa en la edición del libro 'El que mou la meva vida' (El que mou la meva vida), que está escrito en catalán y publicado por la editorial solidaria Plataforma, que destinará el 0,7 % de las ventas a la ONG Sonrisas de Bombay.
Autor: María José Barroso
Colección: Testimonio
Formato: Rústica
ISBN: 978-84-96981-82-9
Páginas: 128
Precio: € 15.00.-

A la venta en tú libreria habitual y ONLINE.

27 catalanes relevantes han accedido a compartir cuál es su fuerza interior, qué conduce sus vidas, en qué creen. Son personalidades destacas en diversos ámbitos de la actividad: Luis Bassat, Ernest Benach, Eudald Carbonell, Carlos Checa, Marta Corachán, Josep Cuní, Juani de Lucía, Manuela de Madre, Santiago Dexeus, Valentí Fuster, Roger Grimau, Judit Mascó, Gabriel Masfurroll, Federico Mayor Zaragoza, Gemma Mengual, José Montilla, Sita Murt, Mónica Naranjo, Pedro Nueno, Josep Oliu, Magda Oranich, Miquel Roca, Núria Sardá, Adolf Todó, Rosa Tous, Miquel Vilardell i Jorge Wagensberg.

Son voces representativas de un momento y de un territorio, comparten el hecho de ser valoradas por su notoriedad profesional, y que todas ellas han hecho el camino hacia el éxito acompañadas de unas fuertes convicciones. En momentos de crisis, más que nunca, se hace imprescindible no perder de vista aquello que realmente importa, que tiene sentido, que nos hace ser lo que somos. El que mou la meva vida es un viaje sincero e intimista por los sueños, las motivaciones, y los valores de 27 catalanes excepcionales


"Mis dos siititos"
Mónica Naranjo
Cantante


El día 10 de octubre de 2006 mi vida quedó rota para siempre. Estaba trabajando cuando recibí esa llamada fatídica. Al otro lado del teléfono, mi marido, completamente destrozado con la garganta congelada y en medio de una autopista, buscaba la manera de explicarme lo que había pasado. Hacía diez días que no comíamos ni dormíamos después de que mi hermano desapareciera, buscábamos incluso bajo las piedras. Yo no hacía más que engañarme a mí misma pensando que sólo necesitaba aire fresco y soltar lastre. Tenía un trabajo de responsabilidad que le obligaba a estar al doscientos por ciento todos los días.

Llevaba muchos años arrastrando demasiado peso emocional, nadie de su entorno lo intuía, era una persona muy reservada y fingía muy bien su papel de "superhombre". Yo sabía desde hacía tiempo que las cosas no mejoraban y que vivía refugiándose en un mar de tormentas. Cada vez que sacaba el tema, él me lo negaba con rotundidad y me juraba que siempre estaría conmigo. Pedí ayuda desesperadamente, pero todo el mundo me lo negó, todo alegando que él se encontraba estupendamente y que yo vivía en una paranoia continua. Sólo mi marido creía en lo que yo decía, lo sentía, lo veía como yo. Cuando pasaron unos días de su desaparición fue cuando empecé a ganar credibilidad entre los incrédulos y la angustia que hacía tiempo que me invadía se empezó a contagiar a los demás.

El día que decidió abandonarnos en aquella triste habitación de hotel, me envió un mensaje despidiéndose y diciéndome todo lo que me quería y que siempre me llevaría en su corazón. También dejó cartas donde nos pedía perdón, y nos explicaba que estaba ya cansado y que no sentía fuerzas ni ilusión para seguir luchando contra esa depresión profunda que desde hacía años la acompañaba y maltrataba. Tenía veinte y nueve años cuando se marchó y toda una vida por delante deseando hacerse amiga íntima de él. Desgraciadamente, no fue así.

En casa, ya no se hablaba, no se reía, únicamente se lloraba a escondidas en cualquier rincón oscuro para evitar el contagio de la desesperación y la impotencia más absoluta. Yo no quería comer, no quería dormir, me negué el derecho de explotar dentro de mi llanto. Me cerré con llave dentro de mi propia ansiedad y fue por el inmenso amor a mi hijo que me llevaba cada mañana y me ponía en marcha intentando hacerle entender, indirectamente, que la muerte no existe, que es tan sólo un "hasta ahora”.

Llegó el día en que esparcimos sus cenizas en esa pequeña cala que tanta paz le había regalado su brisa. Era noviembre y soplaba la tramontana. Mientras íbamos a su rincón me venían a la cabeza una y otra vez los últimos besos amargos que le hice a la frente helada, aquella frente que tantas veces me había comido a besos. Cuando llegamos al lugar preciso, adornamos el mar con flores y allí le liberamos hundiendo mi mano en esa urna de la que nunca, egoístamente, me hubiera separado. Fue curioso y mágico ver cómo, a pesar del temporal, varias mariposas blancas volaban alrededor de las cenizas, como si nos quisieran anunciar que él estaba bien y que ya era libre.

Las personas que hemos sufrido una infancia llena de agresividad, hostilidad y desequilibrio somos muy vulnerables y en muchos casos muy frágil. Para nosotros, la mayor meta es conseguir formar una familia, es nuestro tesoro y daríamos la vida por ella.

Si yo no hubiera tenido el apoyo de mi marido, y de mi hijo, hubiera sufrido el mismo destino que mi querido hermano. No lo he superado y sé que nunca lo superaré, pero con el amor y la paciencia de ellos he aprendido a llevarlo con mis altos y bajos. No hay un solo día que no me acuerde de él y sé que en mi último aliento en este mundo, él será la persona que vendrá a indicarme el camino a la luz. 

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